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Taller
de Marionetas. Año 1977. Se producen los
primeros disparos de una cámara que año
tras año
acumulará miles de disparos y multitud
de sensaciones. Todo empezó por intentar
reflejar una realidad social, la que vivía
la calle en el principio de lo que creíamos
sería una democracia, y se convirtió
en una explosión de libertad. Bajo la imprudencia
propia de la juventud, así como de la prepotencia,
en mi afán de reflejar la realidad social,
las actuaciones de títeres en la calle
( mundo del que tenía un total desconocimiento)
formaban parte de la estructura del reportaje
( del gran reportaje ) que pretendía realizar.
Conocer el Taller y la confianza que puso en mí
Pepe Otal, fue el detonante para quedar atrapado
en la magia de este arte que me ha acompañado
durante todos estos años, el teatro de
títeres. Gracias a las marionetas entré
en un universo diferente, en un mundo que aún
considero muy importante, donde las historias
me enganchan con su creatividad y su trabajo artesano.
No se muy bien (o sí) lo que me impulsó
a continuar disparando fotos, quizás ese
espíritu de documentalista que me ha perseguido
siempre, quizás la vida bohemia de los
y las titiriteras, o probablemente ese espíritu
de libertad que poseen las marionetas, seres de
los que pienso que alguno tiene vida propia.
La cuestión es que poco a poco, y foto
tras foto, han pasado los años y tanto
mi casa como mi espacio mental, están llenos
de unos personajes con los que puedo recordar
y vivir historias a veces inexplicables. Curiosamente
durante todos estos años ha sido una relación
tranquila, relajada y de un inmenso respeto la
que he mantenido con las marionetas. El archivo
está vivo y en él, también
duermen muchos recuerdos, a veces hasta dolorosos.
De pronto, cuando buscas algo, encuentras personas
que ya se fueron, amigos y amigas con las que
compartiste situaciones, ideas, noches de locura
y relajadas conversaciones. Esa es la parte dolorosa
de guardar la memoria gráfica de parte
de un colectivo.
Nadie escapa a la fascinación de una foto
en un momento determinado, esta se puede convertir
en un objeto de pura arqueología, la haces,
la guardas durante 25 años y cuando la
sacas, las sensaciones que te trasmite pueden
ser una multitud. Con los años algunas
imágenes adquieren una patina muy especial.
Ha sido un trabajo silencioso. Durante estos años,
aparte de los y las titiriteras, poca gente conocía
mi trabajo con ellos. Un tiempo que ha transcurrido
con la tranquilidad del amateur, apartándome
de los tópicos de mi profesión,
un trabajo en el que jamás me ha importado
la técnica o la cámara con que disparaba
la foto. Un trabajo enfocado a las sensaciones
más viscerales que me producía la
dinámica del Títere. Un trabajo
libre y sin ningún tipo de concesión
por ninguna parte. Mi agradecimiento más
profundo a los y las titiriteras, que durante
estos años han sido mi gente y parte de
mi familia, y me han permitido viajar en sus furgonetas,
dormir en sus casas y compartir sus vidas.
Con motivo del XXVI Festival Internacional
de Títeres de Bilbao, y gracias
a su lema en esta edición “Títeres
en Femenino”, desearía homenajear
a través de esta exposición al mundo
del Títere y a las titiriteras que hacen
posible que este universo exista.
Jesús
Martinez Atienza
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